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Esta entrada va dedicada a mi gran amiga Isica que hoy me ha dicho: “cantero no escribes nada del primer año de los nanos, anímate y escribe sobre eso”.

Ella es de las pocas personas que sabe lo horroroso que fue para mi ese año (incluso me atrevería a decir dos años). Recuerdo que estábamos las dos de baja y ella me contaba lo feliz que estaba y yo le contaba lo amargada que estaba. Ahora ambas nos contamos, lo felices que somos. GRACIAS por escucharme y aguantarme Mansilla.

Sinceramente me da envidia la gente que cuenta cómo disfrutó cuando era un bebé pero yo no puedo decir lo mismo. Fue agotador física y emocionalmente.

Recuerdo el primer día que me quedé sola con ellos que mi sépola no dejaba de llorar hasta el punto de “encanijarse”. A mi sépoles no pude ni cambiarle el pañal en todo el día, no podía ni darle el biberón porque ella no dejaba de llorar y al final intentado darle el biberón, en la trona, casi se ahoga (literalmente). Dejé a ella en el sofá, cogí a él y lo moví hasta que por fin respiró y fue volviendo a su color natural. Cuando me calmé, los cogí y me fui a casa de una vecina hasta que llegó gran sépoles.

Cuando llegó, yo no podía dejar de llorar. Le dije que cogiera lo justo y que ya volveríamos a coger lo demás pero que nos íbamos de allí.

Soy de las personas que piensan que todo pasa por algo. Estoy convencida que este hecho ocurrió por un motivo claro que no quiero desvelar pero que gran sépoles y yo sabemos que así fue y que hizo que tuviéramos que volver a nuestras raíces.

Los días eran larguísimos y no había diferencia entre el día y la noche porque las tomas eran cada tres horas  y no me daba tiempo a nada. Cogía a uno, le daba el biberón, lo tenía aproximadamente 45 minutos en brazos pero plantado porque si no tenían reflujo y luego lo dejaba y empezaba con el otro y cuando quería terminar era volver a empezar con la siguiente toma.

Yo dormía sola con los dos de domingo a jueves y los viernes y sábados dormía gran sépoles para yo poder descansar. Dormía en una habitación con dos camas, yo en una y los dos sépoles en la otra y cuando los tenía en brazos era tal el agotamiento que los tenía que poner de manera que si los brazos me vencían y se me caían, cayeran en la cama. Físicamente no podía mas, fue agotador porque, como he comentado, esto era 24 horas sin distinción del día y de la noche. dormir

Pasados unos meses ya podíamos salir de paseo pero de aquella manera. Mi sépola odiaba el carro y solo hacía que llorar hasta que decidí ponérmela en el mei tai y salir con ella cargada. Yo paseaba con un carro gemelar con mi sépole y con mi sépola cargada y la gente susurraba por la calle “ay esa pobre con tres” (imaginaros la imagen)

Meses pasaron hasta que nos atrevimos a parar en un bar  a tomarnos una cerveza. Fue un día brillante, soleado, dormían, no había llorando en todo el camino, no tuvimos que cargar con ninguno de ellos y no podía pasar nada malo. Paramos en una cafetería, pedimos una cerveza y conforme el camarero nos la servía, se pusieron a llorar como locos sin consuelo. Todo el bar nos miraba. Ni en nuestros tiempos jóvenes de locura nos tomamos una cerveza tan rápido.

Podría escribir miles de anécdotas en este sentido pero muchas están borradas de mi memoria y otras prefiero no recordarlas.

No me ha marcado el  no haber disfrutado esos años de ellos, sinceramente, aunque, como he dicho, me habría gustado haber tenido mejores experiencias.

El tiempo que estoy viviendo desde hace unos tres años hasta ahora con ellos me hace pensar que tuve que vivir estas malas experiencias para llegar a este punto de felicidad.

Este fue VUESTRO PRIMER AÑO.

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