Tags

,

Hace unos dias me paso algo que me recordó a la historia  del Rey Salomón. Esta historia refiere  a la pelea entre dos mujeres que ambas decían ser la madre de un niño. Al final, el Rey Salomón, puesto que no se ponen de acuerdo, decide coger una espada  para partir el niño por la mitad y dar la m63itad a cada madre. En ese momento, una de ellas pide al Rey que le de el niño a la otra madre y es donde el Rey se da cuenta que ella es la verdadera madre ya que, aún siendo la verdadera madre, prefiere que el niño se lo quede la que dice ser la madre con tal que su hijo siga vivo.

Como decía, hace unos días me pasó algo. Mi hijo iba en una carroza de fiestas con otros niños y adultos que se ocupan de ellos y yo iba andando por fuera del desfile sin quitarle ojo. En un momento sin música le digo que pida confetis ya que no tenía y su cara empezaba a ser de aburrimiento. En ese momento, mi sépoles le pide a un adulto de la carroza que le de confetis y, este, sin mediar palabra, le tira directamente un puñado de confetis a la cara y además, no solo le tira a la cara confetis, sino que no le da para seguir él jugando.

Me quería morir al ver esa escena. Se me partió el alma. Los segundos fueron muy lentos mientras mi niño se volvía a mirarme después de lo ocurrido y me dio tiempo a debatir entre:

  • ser la madre no verdadera de la historia y por tanto ponerme como una loca delante de mi hijo y decirle, a la persona que le tiró los confetis a la cara a mi hijo de todo, o…
  • ser la madre verdadera y poner la mejor de mis sonrisas para que mi hijo restara importancia a lo ocurrido.

Lógicamente elegí la segunda opción y con mi mejor sonrisa le dije a mi hijo lo que molaba que te echaran confetis al igual que hacía el con los niños que se acercan a la carroza. Mi cara de mitad para arriba era de pena, rabia, vergüenza ajena e incluso me saltaron las lágrimas que no vio por supuesto mi sépoles porque llevaba  las gafas de sol. De nariz para bajo (la parte que veía mi niño) era de alegría, ilusión y felicidad por el juego del confeti.

Conseguí mi propósito que era que mi hijo no se diera cuenta de nada pero yo si me di cuenta y sufrí.  Al terminar el desfile se lo dije a su padre que no dudó en hablar con esta persona para recriminarle su actuación con el propósito que no lo vuelva a hacer.

De todo esto me quedo con lo orgullosa que me siento de mi DECISIÓN SALOMÓNICA y espero seguir teniéndolas.

Advertisements